La pobreza como una identidad cultural

Desarrollar un programa educativo dentro de un área marcada por la pobreza tiene complicaciones. A medida que se adquiere experiencia, la visión de que la educación realmente puede causar una mejora en las condiciones socioeconómicas locales se convierte en una brumosa comprensión de las condiciones que crean y, más importante aún, reproducen la pobreza.

Al iniciar la escuela Amún Shéa en Morazán hace ocho años, en el noreste de El Salvador, sostuve la idea de que las condiciones socioeconómicas bajas eran de carácter técnico, que podrían mejorarse a través de la formación de las personas para que asuman la tarea del desarrollo. Mantengo todavía la idea que la solución está en la educación y la formación del individuo. Lo que ha cambiado mucho es mi entendimiento de la naturaleza de la pobreza.

Cuando la frase “somos pobres” se afirma en las personas como una condición permanente, como a menudo se escucha por aquí, es evidente que la pobreza se ha convertido en parte de la identidad cultural. Como tal, la sociedad toma medidas para proteger y reproducir esa herencia. El miedo al cambio es la norma y la demonización de los que rompen con el status quo es el medio para reforzarlo.

En muchos niveles y entornos la pobreza es recompensada y el progreso castigado. Lo que he observado en la educación es que una vez que los estudiantes alcanzan un cierto nivel, el entorno deja de estimularles a seguir adelante. Esto ocurre típicamente en los grados séptimo y octavo cuando los estudiantes alcanzan y comienzan a superar la madurez emocional y también el promedio de escolaridad de la sociedad en general incluyendo, en muchos casos la de sus padres y profesores. Estos jóvenes suelen ser percibidos como una amenaza a medida que desarrollan el pensamiento crítico, la madurez emocional y la capacidad técnica por encima de la norma establecida.

Este fenómeno es parte de un miedo inherente de perder el control, impulsado por sentimientos de insuficiencia y baja autoestima. Esto significa que para acelerar el cambio socioeconómico positivo y la mejora necesaria de las habilidades técnicas y académicas de nuestros estudiantes es necesario atender las necesidades emocionales de los adultos, al menos de los que participan en la comunidad educativa.

Afortunadamente, hay excepciones dentro de las comunidades locales. La Fundación Perquín para el Fomento de Oportunidades Educativas (PEOF) está trabajando un innovador programa educativo que tiene la visión de proporcionar las herramientas para el aprendizaje directamente a los estudiantes. Al mismo tiempo, estamos trabajando para lograr la incorporación de una atención focalizada dirigida a profesores, padres y madres como componente permanente en el programa educativo.

No estamos solos en eso. Fue una sorpresa agradable encontrar intereses comunes y una visión compartida dentro de un segmento importante en el Ministerio de Educación Salvadoreño (MINED). Esto nos llevó establecer un programa para padres y profesores como una directriz principal en el convenio “Piloto para Educación Rural Relevante” firmado entre PEOF y el MINED.

Cuando la educación asume la tarea de cambio socioeconómico, el enfoque se amplía desde el cuerpo estudiantil hacia toda la comunidad, partiendo del punto de vista técnico, hasta incluir los problemas sociales y emocionales que se han incrustado en el mismo tejido cultural. Este reto es mayor que el que nos planteamos hace ocho años, pero por ello mismo es necesario que sigamos adelante.

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